UN NIÑO NO ES MÁS QUE UNA PALOMA CUANDO ANDA

Esas blancas alas
que vienen a posarse en el alero de la casa
a lo claro desafiando el leve
peso inconfundible
de la nieve interminable de Moscú
y luego caminan con torpeza
y miran
a través de las ventanas,
se preguntan:
¿cómo pueden los humanos
vivir allá adentro encarcelados,
sin nieve o lluvia en el invierno
sin verde y aire en el verano?

¿Serán del mismo
tiempo o de la misma geografía
esos seres pequeñitos
que salen tan alegres a la calle
y bajan y suben las colinas
nevadas de los parques
y parecen imitarnos a nosotras,
las palomas, cuando andan?


 

CON RESPECTO A CIERTA
ACTIVIDAD DE LAS PALOMAS

Desde Lincoln a Lenín,
de Bolívar a Zapata,
las estatuas de los héroes
masculinos de la tierra,
los matriotas,
profanadas están ya para siempre
con el gris inodoro que le adorna las cabezas.

Responsables de este ataque al templo varonil de nuestra patria
son las pacíficas palomas
que vindican -quieren hacernos creer que sin saberlo
el lugar que ocupan en el alma de la gente,
las inútiles estatuas levantadas por el hambre del político
al ilustre varón que le sirve de carnada.
Así le llenan a este pueblo la mollera
de babosas esperanzas y promesas incongruentes.

¿No será eso lo que piensan las palomas
al venir y posarse sobre el cráneo de la estatua
y allí llevan a cabo cierta actividad que nos destruye
la idea que teníamos, tan sagrada, de los héroes de la patria?

 

PROMESA PARA CUMPLIR EN LA VIDA
Y QUIZÁS TAMBIÉN EN LA MUERTE
SI NOS FUERA PERMITIDO Y NECESARIO


Profanum vulgus deperio
et obviam ei procedo

[Contrariando la manera de Quintus Horatius Flaccus]

Venturosos sean los pechos que me han traído aquí,
en este estrado y ante ustedes, compañeros
de todas partes y por tanto tiempo,
amigos en la hora de la lluvia y la sequía,
de las serenidades y las turbulencias, hermanos
de este pobre y dichoso convivir de un hombre como todos,
carne de su propia carne, piel
de su propia piel y su palabra.

Con ustedes quiero engendrar la alegría,
la misma que nos sorprendió cuando cruzamos
agobiados los canales de la vida
aquel remoto primer día en que lloramos
al abandonar el vientre luna llena,
el vientre flotador de un agua oscura y viva,
puerta estrecha a través de la cual luchando, luchando
irrumpimos en la luz con gritos estridentes
de protesta contra el cielo, crispado
el nervio central en donde se esconde agazapada
la semilla de nuestros sueños y esperanzas, maravillados
de que tan corta trayectoria pudiera provocar
un viaje tan largo y tan pesado.

Con ustedes que han hecho de estos días
una sólida suma de rostros arcillados
y manos y pies llenos de surcos
donde dicen los que saben
vienen marcadas las horas que nos tocan compartir
en este palmo de tiempo que hemos alquilado.

Las flores quiero convocar aquí también
del mango y el guayabo, del cerezo y jazminero,
pues con ellas me colé en la edad de mi respiro
la sangre a chorros resbalando por el cuerpo
sorprendido y en sollozos sin saber
qué hacía aquí desnudo y por qué
todos alborozados me miraban.

Con ustedes quiero ahora echar una ojeada
a lo que va, a lo que viene,
a lo que pasa en esta misma ráfaga de sol que es este día,
a lo que pasa con las letras que juntamos
para crear nuestras palabras, flamboyanes
del sentido, margaritas, beso y más amamos,
todo retorcido en las raíces de la especie
por donde vamos a hacer que fluyan
ríos de luz y de perfumes, no de sangre.

Pero no todos podemos evocar
nuestra entrada triunfal al vivir de esa manera.
Por eso estoy aquí,
para pedirles una eternidad
encerrada en el instante de esta confluencia
que ahora compartimos.

Sólo ansío que me den el fulgor de algún relámpago
que se quede con nosotros todo este milenio
sin ninguna vez debilitarse.
Sólo pido que me ayuden a no olvidar jamás
los muertos de Madrid, de Chiapas, Tlatelolco,
las silenciosas víctimas de Chile, Quisqueya o Argentina
cuyas madres buscan todavía
el sonido familiar de sus huesos en el álbum fotográfico.
Hay más de medio millón de muertos en Irak,
padres abrazados a sus hijas, madres, viejos,
niños con la cartilla escolar apretada a la cintura,
esposos, novios que fueron carpinteros del amor
al momento de caer sobre ellos las ciegas
bombas inteligentes de los que han creado
el sucio negocio de la guerra
guadañas de muchas casas blancas.

Hay más de medio millón de muertos en Irak
que no saben qué hacer con sus huesos y gusanos,
los 3.000 muertos de Manhattan vengados ya doscientas veces,
y luego -¡Ay!- cadáveres flotando por las calles de Big Easy,
sueltas las aguas del Río Misisipi
como sabuesos desplegados para acallar
los saxos y las flautas de cien años.
10.000 despojos de suspiro flotando como boyas
atadas al mar de las incompetencias y el engaño
?¿dónde estás ahora Walt, viejo inmortal, que te necesitamos?
Y tú, Satchmo, ¿cómo no marchaste alrededor de las murallas
haciendo sonar las trompetas de la vida para evitar
tanta miseria en el corazón del jazz, en sus arterias??
mientras ellos se escondían de la peste que habían provocado
en su búnker de Tejas y mentían otra vez
y jugaban con nosotros y reían a carcajadas
seguros de que allí seguirían impunes
sin que nadie pudiera revelar
dónde tenían escondidas
las armas que se habían inventado
y proclamando victoria
sobre un montón de cadáveres inertes.
Desde su búnker de Tejas escupían
el rostro de los muertos del Río Misisipi
que flotaban como boyas
marcando los límites de la verdad y la justicia.

A pesar de las heridas, las torturas, las matanzas,
y esta incurable negra sombra que llevo aquí
en el pecho en el ojo en el oído
como una cicatriz petrificada,
he traspasado estos umbrales de dolor
señalando la agresión del hombre contra el hombre,
para poder desembocar ahora en ustedes, hermanos,
y celebrar el beso y la canción a toda costa.

Necesito sus picos, sus azadas
para sembrar un pedazo de alegría
del que no nos podamos cansar nunca
y con él tomar posesión de un retazo de mar
donde estemos con los que amamos,
estos versos irreductibles y las guitarras.

Si ven alguna vez que mis ojos no sonríen,
si sienten que mis manos
no están desplegadas como yuntas al vecino,
si advierten que no estoy todo pendiente
a su lado en el sendero,
si no escuchan el respiro de mi aliento,
si mis lágrimas no oyen
que golpean la arena y la remueven
cuando la mesa compartamos del dolor en las raíces,
si no consiguen que mi humanidad regocijada
estremezca la galaxia
cuando el abrazo me pongan sobre el hombro
para aquél que nace y vive y muere a solas,

despídanme de la luz, de la mar, de los amigos.

Yo escogí para siempre al camarada, a la otridad, a la alegría.

 

 

SENSUAL ACOSO


Cariñitos de un instante
y no volvernos a ver.

“La verdolaga,” canción popular de Rubén Fuentes


Aquella mujer en flor que vino a casa
casi a media noche, lleno el pecho
de palomas pensajeras como si fueran sombras,
como si fueran el latido de muchos hornos encendidos
y trajo abierto su pan, mojada la lengua
y preparada ya su levadura,
y a la que yo también le abrí mi chimenea
para que no tuviera frío ni sufriera
de ausencia o soledad o desvarío,
contenta me ofreció lo que traía.
Se sentó en mi mesa,
se bebió mi vino,
nuestro pan a partes iguales compartimos,
conmigo cantó canciones de amor
y yo me acurruqué en sus valles como pude.
“Acosémonos, palomo,” me dijo,
y allí mismo nos palomizamos acosados.
Las sábanas y los sentidos temblaban
como hojas ruborizadas por la lluvia.
Deshilvanado el pulso, echóse a galopar,
colgados de los pechos de la noche
montamos las deliciosas naves de los locos
como impúberes hambrientos que logran
matar por una vez remotas hambres
y volamos en busca de Alamedas.

Fue el mismito Malecón el primer escenario
de nuestra algarabía. Olas en la bruma,
halos en la espuma, el arrecife,
las puertas del mercado, el obelisco
se encendían al golpe de cadenas
que rompían todas las caderas del deseo
y de un golpe el apetito saciaban al ritmo
de la güira y la tambora haciendo llover historias
tejidas al hilo del vivir, al hilo del morir
como si fueran dos carreras del mismo acordeón
en un danzar que era una sola y misma dentadura.


Remamos en Quito un tiempo sobre el lago
antes de ser atravesados por una punta de lanza
que se clavó en la orilla y nos dejó soñando.

En Lima nos amamos con Chabuca de testigo
que salía al balcón en busca
de una flor perdida en la canela.
De ahí a Santiago, en el mismo rojo banco
en que aquel once de septiembre
habían caído muertas en mis brazos
dos palomas abrasadas,
dos palomas que un dos de octubre
habían escapado a la masacre
de las Tres Culturas, Tlatelolco,
haciendo escala, como nosotros,
en todas las Alamedas y poniendo
sobre aviso a los amantes:

¡Que llega la muerte
montada en sus aviones invisibles
y trae pergaminos que quiere que firmemos
a cambio del aceite de nuestras rocas
y de formas de gobiernos
que dicen ellos haber inventado últimamente!
¡Que ahí viene la muerte
y hay que escapar de la indignidad
del hombre que vende su linaje
por un plato de lentejas
y luego se masturba en medio de la calle,
a solas, en el templo, en la oficina
con el nombre de Dios atravesado
entre la lengua y la garganta!

Siete días, siete noches después en mi buzón
dejó el cartero un documento bien sellado
según el cual se me culpaba de sensual acoso.
Tenía cuatro días, cuatro noches
para comparecer ante mi acusación y sus agentes.

Me indultaron doce meses después
por falta de pruebas y testigos
y porque descubrieron, después de cien torturas,
que quien había levantado testimonio
en contra de mis fechorías
no tenía nombre ni apellido,
ni habían podido dar con ella o él
en ninguno de los libros
del Estado o de la Iglesia,
del tiempo, del deseo o de la injuria.
Que era probablemente otra persona más de ésas
que se escapan de las páginas de un libro
y creen en verdad que son o fueron
o serán tal vez un día.

Evidentemente
no mostré la cicatriz que tengo aún viva
en el lado izquierdo de mi sombra,
ni he vuelto a pronunciar una paloma más
a la oreja de Cupido.

¡Y yo que había pensado
que no éramos barcos de vela ni muchachos
varados en Edenes, en Comalas, en Macondos,
sino un fluir de luces en la historia,
un delicado aleteo de besos
caídos en los altares de este polvo ceniciento
del amor y sus vacíos,
del desnudo, de la nada!

Rei Berroa. Profesor de literatura española y del Caribe en George Mason University, se doctoró en la Universidad de Pittsburgh en 1983. Es autor de diversos libros de versos y de crítica literaria, entre ellos: Libro de los fragmentos y otros poemas (Caracas, 2007), Palomas pensajeras (Quito, 2007), Book of fragments [Calcuta, India, 1993] (traducción de Libro de los fragmentos [Buenos Aires, 1988]), Ideología y retórica: Las prosas de guerra de Miguel Hernández (México, 1988) y Literature of the Americas (Dubuque, Iowa, 1988). Es también asesor literario del Teatro de la Luna, en donde coordina todos los años el Maratón de Poesía del Teatro. Ha publicado ya varias antologías de este maratón: Poetas en la Casa de la Luna (México: Verdehalago, 2004), Voces y memorias de la Luna (Santo Domingo: 2006) y Cauteloso engaño del sentido (Santo Domingo, 2007). Con el poeta Tracy Lewis de Nueva York, prepara una edición bilingüe del Maratón del 2004 y una antología bilingüe de su propia obra que será publicada por Writers Workshop de Calcuta, India. Trabaja en un libro sobre Lorca en Nueva York y, para la editorial El Perro y la Rana, de Venezuela, está escribiendo también una antología sobre literatura del Caribe en Estados Unidos, otra sobre literatura contemporánea en Dominicana y un libro sobre Miguel Hernández. Rei vive en Fairfax, Virginia, con su esposa, Ana, y su hija, Olivia.